Cada uno en su lugar

Es frecuente, casi inevitable, encontrar en el sistema familiar personas que no ocupan su lugar, y lo hacen por necesidad, por amor o por desconocimiento, pero están desubicadas y, tarde o temprano, sufren las consecuencias de ello.

Antes de continuar, he de decir que no pretendo hacer juicios sobre nada ni nadie, y que cada uno hace lo que puede con lo que tiene y sabe en cada momento de su vida, sin duda. Sencillamente, hablo de un común denominador que me he ido encontrando en casi todas las familias en las que he intervenido profesionalmente o de las que he conocido a título personal.

¿ Quién no ha oído alguna vez frases como estas?: “tuve que ocupar el lugar de mi padre y sacar adelante a mis hermanos”; “yo he hecho de madre de mis hermanos”; “he tenido que ser madre y padre a la vez”; “más que abuelos, hemos sido padres”; “mi herman@ ha sido como una madre/padre para mí”; “mis suegros han sido los padres que nunca he tenido”, etc.

Inicialmente estas expresiones se justifican en una necesidad o fuerza mayor “porque alguien tenía que hacerlo y no tuve realmente alternativa”, y seguramente la situación requería que la persona en cuestión tomara acción, haciendo un sacrificio personal, no por gusto. Lo que ocurre es que uno se mete en esa dinámica y ya no sabe cómo o cuándo salir, porque no quiere hacer daño a nadie y porque todo el mundo se ha acostumbrado ya a la situación.

Sin embargo, paradójicamente, la relación no es sana, aunque sí pueda parecerlo, porque el lugar que se “usurpa” tiene dueño, y además hace que deje de ocuparse el que realmente procede. En la mayoría de ocasiones, lo que empezó haciénsose de corazón y por amor, se va convirtiendo en una “carga” difícil de llevar y de la que no sabemos cómo desprendernos. Y no sólo eso, las personas de las que nos hacemos cargo a veces no responden como nos gustaría o esperamos, y tampoco lo entendemos.

Lo que un día funcionó, acaba siendo muchas veces dañino para alguna de las dos partes o ambas a la vez.

Esto es algo que he constatado personal y profesionalmente, y cuando cada uno se coloca en su lugar, la relación suele dar un giro importante y, en un número elevado de casos, mejora mucho. Eso sí, no puede hacerse de forma drástica ni por las bravas, es un proceso que hay que hacer con agradecimiento y mucho amor. También es verdad que algunas personas no lo asimilan nunca y la relación empeora por su parte, pero suele ocurrir cuando el proceso no se gestiona bien.

Además, es curioso, porque muchas personas cuando desde pequeños han asumido algún “descoloque familiar”, en la madurez suelen tender a su colocación, dando a los padres el lugar de padres, a los hermanos el de hermanos, a los abuelos el de abuelos, a la pareja del padre o la madre el de pareja de padre o madre, etc. Y esto no quiere decir que sean unos desagradecidos o no demuestren amor a quienes se sacrificaron por ellos, sino que lo que muestra es una gran sabiduría y generosidad de sentimiento con todos, porque cada uno tiene un lugar en su corazón, y hay sitio para todos.

Un caso muy típico de esto son los hijos adoptados que en un momento de su vida muestran interés por conocer a sus padres biológicos. ¿ Quiere decir esto que no quieran a sus padres adoptivos, o que sean unos desagradecidos? ¿ Han de temer esos padres adoptivos por el amor de sus hijos?

Más bien al contrario, los hijos sienten la necesidad de conocer sus raíces, de saber qué ocurrió (sin juicios en muchos casos), de conocer esa parte de su sistema que ha permanecido oculta y que hace que su mapa vital consciente esté incompleto. Sin embargo, profesan por lo general agradecimiento y amor a los padres adoptivos que les han criado, amado y dedicado buena parte de sus vidas. No son menos ni más que los padres biológicos, son sencillamente diferentes.

En casi todas las familias se dan casos de este tipo, y siempre hay alguien que lleva una carga mayor de lo que le corresponde. Todo está bien si las personas implicadas así lo sienten. Pero si algún miembro del sistema intenta recolocarse, o duda sobre cuál es su lugar en el mismo, y le parece que está desubicado, es importante ser consciente de lo que implica pertenecer a un sistema y tener la ubicación correcta, e intentar resolverlo de la mejor forma posible.

Merecen especial atención los casos de personas excluidas del sistema. Por ejemplo, es frecuente encontrar en las familias casos de alguna persona que ha sido excluida por alguna razón determinada o que se ha excluido a sí misma, y se actúa como si no existiera. Supone que hay un asunto pendiente de resolver que permanecerá así hasta que esa persona sea reconocida y honrada. Otra exclusión involuntaria que solemos hacer es con los no natos (abortos) o bebés nacidos muertos. Si una mujer ha sufrido tres abortos y luego ha tenido dos hijos, por ejemplo, habrá sido madre de cinco hijos, de los cuales sobreviven dos, que ocupan el cuarto y quinto puesto en el orden jerárquico.

A quienes deseen profundizar más en estos conocimientos les recomiendo la lectura del libro “Los órdenes del Amor”, de Bert Hellinger, pedagogo y terapeuta alemán que desarrolló “las constelaciones familiares” a raíz de establecer las leyes que rigen las relaciones sanas en los sistemas y hacen que fluya la vida

Esto es aplicable en cualquier sistema del que formemos parte, sea del tipo que sea: en nuestro trabajo, grupo de amigos, equipo deportivo en el que juguemos, asociación, etc.

 Begoña Poza Navarro.


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